Coachella: Sevilla con presupuesto de Super Bowl
ESCENA


Hubo un momento en el que ir a Coachella significaba algo. Ahora mismo significa, sobre todo, pagar una barbaridad por formar parte de un decorado inflado hasta el absurdo. Porque eso es en lo que se ha convertido: un escaparate gigantesco donde la música es casi un elemento secundario.
Los precios son directamente obscenos. Entradas, alojamiento, transporte, comida… todo diseñado para vaciarte el bolsillo mientras te venden la idea de que estás viviendo algo único. ¿Único? Lo único es lo rápido que se ha convertido en un parque temático para adultos con pulsera VIP. Y todo para ver carteles cada vez más flojos, más reciclados, más seguros. Menos riesgo, menos sorpresa y cero ganas de salirse del guion. La masificación ya no es un problema colateral, es el modelo de negocio. Miles de personas apiñadas, colas eternas, escenarios saturados y una sensación constante de estar en un sitio donde hay demasiada gente y muy poco que realmente merezca la pena. Y en medio de todo eso, el circo de los influencers.
Porque sí, Coachella ya no se parece tanto a un festival como a una versión descafeinada de Feria de Abril, pero sin pescado frito, solo postureo. Gente que no sabe quién está tocando, que no le importa, y que está ahí única y exclusivamente para hacerse fotos como si aquello fuera un photocall infinito. Son como los anuncios de YouTube: no aportan nada, interrumpen todo y cuanto más aparecen, más ganas tienes de que desaparezcan.
Y lo peor es que esto no se queda en California. El modelo se está exportando sin ningún tipo de filtro. Primavera Sound lleva años deslizándose peligrosamente por esa pendiente: entradas cada vez más caras, recintos cada vez más llenos y una experiencia cada vez más diluida. Lo que antes era un festival cuidado, con cierto criterio, empieza a parecerse demasiado a una fábrica de tickets.
La cosa ya ni siquiera se limita a los festivales. Este mismo virus se está extendiendo a los conciertos individuales. Giras con precios infladísimos, recintos sobredimensionados, experiencias pensadas más para el vídeo de 15 segundos que para el directo en sí. Vas a ver a un artista y acabas viendo una nube de móviles grabando algo que probablemente ni vuelvan a ver.Lo que estamos viendo no es evolución, es desgaste. Es una industria que ha confundido crecer con exprimir, y que está convirtiendo la música en un complemento dentro de un paquete mucho más caro y mucho menos interesante.
Coachella no es el único culpable, pero sí el mejor ejemplo de hasta dónde puede llegar esta deriva. Y viendo cómo se está replicando el modelo, lo preocupante no es en lo que se ha convertido, sino en lo que puede terminar siendo todo lo demás.
